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sábado, 27 de septiembre de 2025

 

La chica del perrito

Uno de los motivos que contribuyó a que me mudara a mi residencia actual, fue sin duda el agradable ensamble óptico que produce la iglesia de San Mauricio con su siempre bien cuidado jardín y sus muros antiguos con enredaderas colgantes, que se alza en medio de un inusitado complejo de viviendas, construidas en los años ochentas.

El departamento en particular, es una maissonnette que ocupa los dos últimos pisos del edificio, con dos amplios balcones en cada uno, mirando al jardín y corazón de la manzana. Éste no se encuentra sólo, sino que colinda con otro, que según los planos que la immobiliaria me confió, es exactamente igual. Es decir, que además de todos sus confortables atributos, tiene un detalle particular: el de tener un secreto tercer piso, provisto de una habitación y con un acceso a una escalera de emergencia que desemboca en el subsuelo, directo en la cochera del edificio. Éste último detalle hizo que me decidiera por alquilarlo, una segura vía de escape, ante un peligro no anticipado.

Dadas mis horas laborales y el corto tiempo que llevo aquí, el contacto con los otros habitantes del edificio, ha sido hasta ahora escaso. No obstante, a la vecina de al lado, si que me la crucé casi a diario. Se trata de una mujer joven, calculo en sus treintas, no muy espigada, delgada, de largos cabellos castanos claros, manos de dedos delicados, ésas manos que están acostumbradas a tomarse un tiempo en el salón de manicura. Me la encontré hasta ahora, casi todas las mañanas, cuando yo salía hacia el trabajo y ella ya volvía a casa, enfundada en sus joggings, luego de haber corrido. Éso sí, nunca la ví sola, sino siempre acompanada de un pequeno perrito, gordito, bullicioso y de nariz achatada, que siempre que pasan a mi lado, se me queda furiosamente ladrando, intentando liberarse de la correa que lo tiene atado a la delgada cintura de la vecina. Éste hecho hizo que sin haberlo planeado, nos hubiéramos reído un par de veces al encontrarnos, haciéndo de éste detalle una complicidad, sin necesariamente haber tenido que presentarnos. Yo la verdad, no sé ni cómo se llama la vecina, para mí es simplemente la chica del perrito.

Fue a una amiga que volvió de visita hace unas semanas, a la que le llamó la atención algo en la puerta de al lado. ¿Te fijaste en el felpudo? Me dijo, apenas entrar y saludarme. Tu vecina al parecer se casó, continuó. Yo salí al pasillo a comprobarlo, y de verdad, al lado lucía un flamante felpudo: Bienvenidos a casa de la Familia S*****, el detalle de los anillos entralazados, no dejaba de pasar inadvertido.

Desde éste detalle, hasta el día del incidente, diría que hubieron pasado como unas cinco semanas, no más. Ése fin de semana en particular yo estuve de viaje, una conferencia de sólo un día en Hamburgo, partí el viernes en el tren nocturno y el domingo a la tardecita, ya estuve de regreso. Así que no puedo relatar exactamente cómo acaecieron los hechos.

Por lo que pude entender, es que a la medianoche del día viernes, una mujer habría salido desesperada al balcón, gritando y pidiendo ayuda, que llamen a la policía, que su marido la estaba golpeando y que su vida corría peligro. Los vecinos vieron que dos figuras forcejeaban en el balcón, escucharon también la voz de hombre que amenazaba fuera de sí, exigiendo algo así como, que la mujer se calle y entre de immediatio en el departamento y un perrito hubo ladrado y ladrado a más no poder.

Si bien los vecinos consiguieron llamar de immediato a la policía, y dos patrullas se presentaron en los siguientes ocho minutos (relató la viejita de la planta baja), más nada pudieron hacer por la chica, ni por el perrito. 

Y lo que es peor, ni siquiera pudieron atrapar al agresor. A pesar de que los uniformados acordonaron la zona, buscaron en todos los recovecos del immueble, iluminaron el jardín, extendiendo la búsqueda a los alrededores, incluída la iglesia. El hombre consiguió, de forma inexplicable escapar del edificio.


domingo, 24 de abril de 2022

 

La culpa es de las palomas 

Me acerco rápidamente y por tercera vez en la mañana, separo la cortina y golpeo con ambas palmas el ventanal, esperando que ésta vez se me preste atención; el murmullo cesa al instante y las dos palomas salen raudamente hacia el cielo. Parece que se van, pero han de volver, así ha sido siempre durante las últimas semanas; ambas han elegido establecerse, por decirlo así, en un rincón de mi balcón.

Cuando se lo conté a Christian, la semana pasada mientras estuvo de visita, corrió enseguida a cerrar la puerta de vidrio que comunica la sala de estar con el balcón, diciendo “por Dios, tendrías que saber la cantidad de enfermedades que transmiten”. La respuesta de Pola al teléfono fue “cool, ahora, si quisieras podrías mandarme un mensaje con una de ellas”.

No es el hecho de que vivan acá lo que me molesta; me molesta el murmullo enérgico y monótono a la vez, que sin pausa emana de ellas uuuu u uhuuuuu, uu uuuh uhuuuuuuu

Mientras voy pensando cuanto me molesta aquello, de repente suena el timbre, lo cual es muy raro, un domingo por la mañana. Me acerco rápidamente a la puerta y levanto el auricular. “¿Si?” pregunto. “Hola, soy su vecino de abajo” me responde una voz. “Un momento” digo. Dejo sobre la mesilla el auricular descolgado y a través de la mirilla, puedo observarlo. Sí, ¡es él! lo reconozco, me lo he cruzado varias veces en las escaleras, o él llegaba con un montón de camisas cogidas recién del lavadero y yo salía disfrazada de deportista, o aquella otra vez que él subía con una pizza y yo bajaba rumbo al supermercado, hice incluso el intento de saludarle, pero él pasó de largo, sin siquiera mirarme, concentrado en su celular, haciéndose el distraído.

Cuelgo el intercomunicador y abro la puerta “Buenos días, soy el señor Hilf” saluda. “Buenos días” respondo. El señor Hilf, no es digamos un “señor”, según mi propia definición de la palabra (señor: persona madura), es más bien un muchacho, se podría decir como de mi edad, que está parado delante de mí con su camisa celeste, impecablemente planchada. Su cabello es corto, rubio oscuro y pareciera que misteriosamente cada hebra se mantuviera en su lugar. Él sólo se limita a mirarme en silencio, no puedo descifrar si desea que lo invite a pasar… y como me incomodan los silencios, le pregunto “¿Si?”. “¿Es usted la señora…?, dice leyendo el nombre escrito en el timbre de mi puerta.“Oh si, disculpe, señorita...” le digo. “Mire... no la quería molestar, menos un domingo, sólo quería decirle que… sus palomas…”. “¿Mis palomas?” le pregunto sin poder creerlo. “Si, verá, se la pasan… ya sabe… ensuciando mi balcón”. “¡Pero si no son mis palomas!…” trato de explicarle “son dos palomas… que no son de nadie, sí, sí, son seguramente palomas salvajes…”. “Entiendo…, responde, pero si viven en su balcón, asumo son de su responsabilidad, ¿no?”.  “¡Pues no!, precisamente estoy intentando que se vayan, pero no se van” le digo intentando mostrarle mi frustración. “Como sea”, dice, “agradecería si las mantuviera alejadas de mi balcón, eso nada más, por favor señora,… que tenga un buen día” añade y da la vuelta, mientras yo quiero repertirle que las palomas no son mías, pero él ya ha comenzado a bajar las escaleras.

A la hora del almuerzo, cuando ya se me ha pasado el arrebato de aquella visita y le estoy sirviendo un poco más de Rivaner, que tan buena impresión ha causado en Christian, quien fue el primero en llegar “te lo advertí, seguro que él sí sabe lo de las enfermedades” me dice. “¡Pero quién se ha creído el señor Hilf! Continúo. Sus palomas…, digo, tratando de imitarle, sus palomas en mi balcón…”. El se ríe de la forma en como le hablo, de pie, con las piernas exageradamente separadas y la mano izquierda en la cadera, gesticulando y amenazándolo con la botella en la mano derecha. “Exageras, no creo que haya sido para tanto”. “No, que vá, si te digo, exactamente como fue” y él ríe más, y golpea también un poco contra el ventanal, porque las palomas ya han comenzado otra vez con el molesto susurro.

Pola llega a la reunión tarde como siempre “Perdón, perdón es que quedé un poco colgada...” me da un beso, y se acomoda en el sillón abrazando a Christian, a quien también le da un beso “Y, ¿qué novedades?”. Antes de que yo comience a hablar, él ya le ha puesto al tanto de lo que ha pasado por la mañana y Pola también ríe “Jajaja ¿y está bueno?, pregunta guiñándome un ojo. “¿Quién?” pregunto. “¿Quién va a ser? "El señor Hilf", claro” dice Pola. Yo le quiero contestar “Si, Pola, él está muy bueno y ahora me odia, a causa de las palomas” pero digo “¡Qué ideas tuyas, yo que sé…!”. Pero como a ella no se le escapa nada, añade “Pero ¡en qué andas pensando! ¿Quién te dice que él en realidad sólo quería una excusa para hablar con vos? ¡Y tú si que sabes!…, seguro que está muy bueno ¡Eh!”.

Después de habernos terminado el Rivaner, comenzamos a darle a un Tempranillo que Christian acaba de descorchar: “traído por mí, de mi viaje a España” dice él. “Vamos, no mientas, seguro que lo compraste en el Discount” le replica Pola, golpeándolo en un hombro. “Pues no, mujer, te digo que lo adquirí “in situ” ¡Prost! Zum Wohl”. Brindamos satisfechos de al fin poder juntarnos: “Salud! Por nosotros”.

Y enseguida salimos al balcón, encendemos el grill y comenzamos a asar los filetes, bien desgrasados, como nos gustan y preparamos los espárragos con queso y los dejamos cocinándose a fuego lento envueltos en papel estañado. “Ya verán, son un verdadero poema” dice Pola, quien trajo la receta. Después sacamos de la cocina la mesita más pequeña, tres sillas y armamos la sombrilla. El sol a comienzos de la primavera, suele ser tan agradable y cálido aquí, en el sur de Alemania.

 

lunes, 28 de febrero de 2022

 La que no duerme


La panza de Inesita se infla e infla y parece que a va explotar, mueve bracitos y piernas casi transparentes, como una vaquita de San Antonio, una de ésas que sus hermanos suelen torturar poniéndola boca arriba. Parece que se calma, pero en un suspiro toma aire de nuevo y suelta un quejido ronco que sale arañando sus cuerdas vocales, queda suspendido en algún lugar donde va a parar el llanto de los bebés con hambre y vuelve alargándose bien finito hasta convertirse en silencio, haciéndole creer a Lucía que ya está, todo se acabará cuando se le cierre de nuevo su boquita, pero no, Inesita sólo está juntando fuerzas para volver a comenzar.

Lucía ya no sabe qué hacer, ha probado de todo, le ha cambiado el pañal, ha intentado darle un biberón tibio de té dulce, la meció hasta que se le durmieron los brazos, pero no parece haber nada que pueda calmar ésta vez el llanto de Inesita. La carga de nuevo, es tan liviana y blanca, parece una muñequita tejida de lana. Con ella en brazos se acerca a la ventana, aparta la cortina y observa inmóvil, tratando de reconocer algún movimiento en la obscuridad de la calle, pero no viene nadie.

Inesita y ella, se parecen un poco y es curioso que, habiendo tantas otras fechas en el año, ambas sin ponerse de acuerdo, hayan llegado a nacer el mismo día, bajo el mismo techo, aunque con trece años de diferencia. Su mamá le había dicho a Lucía, que ella también lloraba muchísimo de pequeña; pero a pesar de ello habrían de gustarle tanto los niños que entre Inesita y ella, llegaron también dos varoncitos y dos niñas, la última fue Guadalupe, a quien de un día al otro, le subió tal fiebre cubriéndola toda de puntitos rojos sin respetar un solo lugar, inclusive en las conjuntivas de los ojos. Sarampión, había dicho el Doctor Soza, apoyando pensativo sus dedos sobre su boca, pero después se había quedado inmóvil con la cabeza baja, como arrepentido de haberlo pronunciado y así como lo dijo, a Guadalupe le bastó escucharlo y se murió ésa misma noche. Lucía ni siquiera había lagrimeado, pues Inesita ya venía en camino.

Terminó por darse cuenta, Lucía, que ella no era como las otras niñas del barrio, que hasta hace poco habían jugado con muñecas y ahora se juntaban por las tardes en la vereda y solían hablar de chicos o asistir coquetas al cine los domingos. Le pareció injusto que a los niños no hubiera manera de preguntarles si querían nacer o elegir al menos dónde hacerlo, si le hubiesen consultado, Lucía habría respondido de inmediato: en la casa del Doctor Soza, quien asistió al nacimiento de todos ellos, como casi a la mayoría de los niños del pueblo, aunque él mismo esperara año tras año, en vano, la llegada de un hijo. El doctor no se resignaba, le escuchó decírselo a su madre, que lo pensara, a su mujer y a él les encantaría hacerse cargo de Inesita, recién nacida.

Los días de Lucía tenían su rutina y ésta se iniciaba bien temprano, pues su casa no tenía agua potable, y había que acarrearla en bidones de plástico desde la casa del Señor Vargas al final de la calle, por más que fuera invierno y le terminaran sangrando las manos, los barriles esperaban llenarse a diario. Después debía preparar el desayuno, alimentar a sus hermanos, ordenar sus cuadernos, peinarlos y partir luego rumbo a la escuela. Sólo Cristina e Inesita se quedaban en casa, aún en cama con la madre.

Le hubiera encantado quedarse un ratito en la plaza al salir de la escuela, pero debía darse prisa y hacerse cargo, mientras su madre ya se disponía para salir a calle.

Aquella tarde, mientras lavaba la ropa y la colgaba de una cuerda, su imagen se reflejó en el vidrio de la ventana, su rostro cansado, los cabellos mal peinados y ése mandil sucio que acostumbraba usar en casa, la hacían parecerse a una viejecita. Supo entonces que debía tomar pronto una decisión, quizás Inesita lo adivina y por ello no se calma.

Le vuelve a revisar el pañal, no se ha mojado, observa con extrañeza que su ombliguito se ha salido para afuera, como una pequeña lombriz rosada que se retuerce ciega cada vez que ella puja. Tiene hambre, lo sabe, pero qué hacer si no quiere tomar la mamadera, si apenas sabe que no es leche, mueve la cabeza de un lado al otro y empuja la mamila para afuera.

Mira a su alrededor, pero sabe que ahí no va a encontrar ninguna solución. En un rincón juegan casi en silencio José y Pedro, le parece extraño, hace rato están como ensimismados, murmurando a ratos algo bajito, prueba inequívoca de que estarán atormentando de nuevo a algún insecto, arrancándole las patas o destripándolo. Su otra hermanita, Cristina, está como siempre recostada en la cama, de la que raras veces se levanta, mirando fijamente para el lado de la pared dándole la espalda, sin duda estará agrandando el agujero que hace tiempo ha comenzado, pues ha desarrollado una terrible adicción por comer tierra, que toma de la pared con un dedito. De todos es la que menos molesta, casi no habla; no es que no pueda hablar, sólo que no tiene ganas de decir nada, todo su mundo cabe y de sobra, en el agujero de la pared al lado de la cama.

Vuelve a acostar a Inesita y le indica a Cristina que la vigile unos instantes, pues sus sollozos se han multiplicado tanto que la dejan exhausta y su piel blanca toma un tinte azulino tras cada ataque. Cuánto le gustaría que su madre no tarde.

Abre la puerta y sale al patio en dirección a la cocina, en un extremo, sujeto por una soga se encuentra Toby, que en ese momento está torciendo la cabeza a más no poder, tratando de morderse la espalda, al verla se yergue de repente, hace unos gemidos lastimeros levantando las patas delanteras y moviendo la cola esperanzado, espera quizás ella pueda soltarle o talvez darle algo de comer. Lucia, aunque quisiera, sabe que no debe hacerlo, Toby querría de inmediato colarse en la habitación y la última vez derramó tal número de pulgas y les dio a rascarse toda la noche sin pausa ni beneficio.

Entra en la cocina donde hace rato hierve una delgada sopa de arroz que aún no tiene sal, a Lucía se le acaba de ocurrir tomar parte de aquel líquido blanquecino, verterlo de un vaso al otro para enfriarlo más rápido, ponerle un poco de azúcar y meterlo después en el biberón.

Cuando vuelve, ya Cristina había comenzado a jugar con Inesita y tiene sus dedos metidos en su boca y en ése momento está justo dándole a probar un poco del polvo que ha extraído de la pared. La boca de Inesita luce ahora espantosa, no ha parado de llorar aunque apenas se pueda escucharla, abierta y obscura como una herida infectada, resistiéndose a cicatrizar.

-¡No lo vuelvas a hacer! Le grita, acercándose rápidamente y retirándole los dedos de la boca, Cristina también se pone a llorar, pero mansamente, lágrimas que arrastran legañas mugrientas de su cara, se recuesta y queda en su posición habitual frente a la pared.

Lucía intenta controlarse pero no puede, un sentimiento de impotencia se apodera de ella, quisiera gritar, correr y perderse. Pero se da cuenta que no es importante lo que ella quiera o piense, su deber es cumplir con el destino de las hijas mayores y resignarse a asumir su responsabilidad, ¿hasta cuándo? Ciertamente no lo sabe.

Toma un trapo y limpia lo mejor que puede la boquita de la bebé, ofreciéndole el agua de arroz rezando que la acepte, pero ésta terca, continúa resistiéndose y lucha con sus débiles fuerzas contra el biberón. Lucía comienza a cantar bien suavito una canción en quechua, de cerros colorados al alba, de ríos que acarician las ramas de los sauces llorones, de sueños que se alejan cabalgando en las nubes hasta perderse allá arriba en la nada. Y al fin, poco a poco Inesita parece tranquilizarse y lacta, moviéndose cada vez menos, vaciando todo el contenido de la botella, quedándose finalmente quieta.

A la hora de la cena Lucía sirve la sopa, que sus hermanos remueven desganados pero sin quejarse, aunque sepa horrible, saben que no hay más remedio, es eso, o sentir por la madrugada que les llega el hambre, escarbándoles el vientre; ellos lo conocen bien, han sabido desde temprano su significado. Sólo a Cristina no le importa, ella sólo quiere quedarse en la cama.

Cuando todos se han dormido, Lucía arranca de su cuaderno una hoja de papel y quiere escribir algo, pero le parece que no hay nada que decir. Se coloca su viejo abrigo y carga su mochila, cruza el patio y se dispone a salir, pero enseguida vuelve, se acerca a Toby y le quita la soga, indicando que la siga hacia la calle, éste enseguida se le arrima mimoso. Una vez afuera intenta que se aleje, pero como éste no entiende, toma del suelo un par de piedrecillas y sin tratar de afinar demasiado la puntería le dispara desde lejos. Alguna debió hacer objetivo y Toby se aleja lanzando un dolorido quejido.

Perro tonto, piensa Lucía, ¿no ve que si está libre podrá buscarse otra vida? Camina como si nada hasta el final de la calle, en dirección a la gran avenida y es ahí donde recién echa a correr.

De prisa, rápido Lucía, más a prisa.


martes, 31 de agosto de 2021

 

León

 Bonn, Julio 2013

El delgado triángulo de masa aún está caliente y se dobla hacia su lado más puntiagudo, escapándose un poco de mis manos, derramando, sin que yo pudiera llegar a evitarlo, parte de su escaso relleno de atún al suelo. León, va por delante engullendo el suyo y toma asiento, como acostumbramos a ésta hora, en una de las escaleras de la placita, frente a la escuela de idiomas. Yo también me siento y ambos terminamos de comer en silencio. Las porciones de pizza no nos llenan, pero sólo cuestan cincuenta centavos y en el último mes, han sido cada día nuestro almuerzo.

León es mi compañero en el curso de alemán destinado al personal de salud y de tantas charlas juntos, sé que viene de Ucrania, tiene 32 años y es médico terapista y anestesiólogo. Su nombre se lo debe a Tolstoi, del cual su padre era tremendo admirador. De los sólo cuatro alumnos inscritos, él y yo somos los que más congeniamos y nos la buscamos para hacernos entender en nuestro alemán roto.

Mientras las palomas y los niños revolotean en el centro de la plaza, León y yo guardamos silencio. Llevamos preocupaciones encima, sobre todo él, a quien la Visa ya se le acaba, y aún no ha conseguido trabajo. Durante el último mes fue invitado a dos entrevistas, pero ningún ofrecimiento. Cuando vino la primera invitación, León se había ilusionado tanto que cuando no le dieron el puesto, fue un bajón. Quizás por ello, ahora que es viernes, guarda silencio con respecto a la que deberá asistir el próximo lunes.

Llevamos así unos instantes, hasta que él de pronto dice: No es en vano, pero creo que ésta vez, sí que el puesto será mío. Y al ver que yo no agrego nada, pues ya habíamos estado en éste mismo punto la última vez, continúa. Yo sé por qué te lo digo y lo puedo demostrar, añade sacando de uno de los bolsillos de su pantalón un papel doblado y me lo entrega. Se trata de una hoja de ruta de la Deutsche Bahn, que muestra el recorrido que deberá hacer el tren para llegar desde Bonn, hacia un pueblo bien adentro de Rheinland Westfalen, cuyo nombre largo aún no lo puedo pronunciar. Mientras voy observando el papel, León añade: ¿Te das cuenta de lo que estoy hablando? Yo la verdad no me doy cuenta y sigo mirando, intentando averiguar qué es lo que está tratando de decirme. Pero sí está claro, dice él. ¿Ves las veces que hay que cambiar de tren para llegar a destino? Y ya que él lo menciona, son cuatro veces, la última se deberá ir en bus. Ahí es cuando me largo a reír, León también ríe, ambos sabemos la razón.

Como ya es la hora de volver a clases, nos levantamos y caminamos en dirección al Instituto. Nuestra aula está ubicada en el cuarto piso y antes que nosotros, ya habían llegado nuestras otras dos compañeras. Mona, tiene 30 años, va vestida siempre de Burka, es ginecóloga, de Arabia Saudita. Ha llegado a Alemania ya con un puesto “ad Honorem” en un Hospital Universitario para subespecializarse en Urología femenina. La otra, es Olena, y de los cuatro alumnos, es la más destacada, también la más mayor y las más uraña. León y yo creemos que deberá tener como 40 o 42 años, viene también de Ucrania, es neurocirujana y no hay signo clínico que ella no sepa.

Tomamos asiento y abrimos nuestros libros. La profesora, que había estado haciendo anotaciones en la pizarra, se da la vuelta y nos dice, como tantas veces: Meine Lieben, die Pause ist vorbei, jetzt an die Arbeit!


martes, 3 de agosto de 2021

 

La reina de belleza

Fue durante los últimos años de colegio, que yo comencé a trabajar en la radio. Aquello no era de conocimiento público y tampoco se podría decir que era “realmente” un trabajo. Recibí la oferta, luego de mi corta participación en la presentación de la obra “Una libra de carne”, donde había estado presente el dueño de la única radio local, que solía prestar el equipo de sonido para los acontecimientos escolares.

¿Ha escuchado alguna vez los comerciales en la radio? Pues yo era una de ésas voces y mi jefe, solía contínuamente recordarme: “Clara, un comercial de radio es una pieza de teatro para los oídos”. Él se ocupaba personalmente de escribir los guiones, en los que yo debía decir algo más o menos así: ¡Oh, llevo un mes de casada y no sé como hacer el arroz! A lo que él, con su magnífica voz, contestaba: Con “Arroz del Valle” usted no necesita saber nada. “Arroz del Valle” ¡el arroz que se cocina solo!

No recibía dinero como remuneración a mi trabajo, sino que se me pagaba en especie, por ejemplo, el dueño del almacén de abarrotes podía pagarme con un par de kilos de arroz, claro no “del Valle”, sino algún otro que sí había que saber cocinar.

Así, inmersa en el mundo de los comerciales, al menos me era más liviano soportar especialmente aquel último año. Aunque yo siempre había sido solitaria y procuraba no meterme con nadie, ni siquiera a mí, me fue posible escapar de las bromas y desagradables sorpresas que Alberto, un compañero de curso, y sus compinches ideaban en forma constante.

Aquella vez, como se acercaba el día del estudiante, se debía elegir la reina de la primavera. Todo el mundo sabía que la más hermosa del colegio estaba en nuestro curso, se llamaba Ivanka. Ella salía reina todos los años y no había, quien pudiera hacerle competencia; incluso aquella vez en la que se fracturó la pierna al caerse de su bicicleta, le bastó cubrir su pierna enyesada y listo. Y al tratarse de nuestro último año, era de conocimiento público que su madre, anticipándose a la elección, ya le había mandado a confeccionar un hermoso vestido.

Alberto, me imagino, habrá pensando que no podía desperdiciar semejante oportunidad y cuando llegó el momento de dar los nombres de las tres chicas para dar comienzo a la elección de curso, decidió postularme. Quizás deba aclarar aquí, que yo, en aquel entonces, era flaca como una tabla y hace años venía dándole lucha al acné, que se había adueñado masivamente de mi cara.

La elección se hizo en presencia de nuestra tutora, que era la profesora de historia y al terminar, Ivanka y yo lloramos. Yo lloré más que ella, le pedí a la profesora que hiciera algo, que anule la elección, pero ella, que era una persona sensata dijo: “Clara, el mundo es como lo acabas de ver, ésta es una lección que deberás aprender y enfrentar. Más vale hacerlo ahora que más tarde”.

Ni siquiera cuando mis padres fueron a quejarse a la dirección pudieron hacer nada. “Señores”, les dijo el director, “fueron veinticinco votos a favor, en este colegio ante todo, tratamos de inculcarle a los jóvenes el valor de vivir en democracia”.

Los días transcurrieron hasta que finalmente llegó el día de la elección general. Una compañera me prestó el vestido, la madre de otra se animó a hacerme un peinado imposible y puso todo su empeño en cubrirme los granos, hasta llegó a pintarme las cejas con un lapiz negro y dijo “haría resaltar mis ojos”.

Las participantes debían salir cuando escuchaban su nombre, saludar al jurado y luego dar la vuelta sobre una plataforma armada para la efecto, después retornar y ubicarse en el escenario. Yo estaba escondida y me negaba a salir, pues me había enterado que el plan que Alberto había organizado, consistía además en un abucheo general.

De todas maneras, me obligaron a salir y yo comencé a caminar con la cabeza baja, cuando para mi sorpresa, empecé a escuchar aplausos. Levanté la cabeza y ví que todos los profesores aplaudían de pie y mi jefe, que ése día también había sido el encargado de amenizar la elección, había puesto la grabación de unos aplausos en los altoparlantes, que efectivamente, daban la impresión de ser en vivo.

Alberto y sus compinches no aparecieron por ningún lado. Después me enteré que la maestra de historia los había tenido encerrados en clase, escribiendo un ensayo sobre la primera guerra mundial.


sábado, 31 de julio de 2021

 

Hacia el Norte

Son casi las seis de la mañana, cuando Lucía llega corriendo a la terminal de autobuses. Ella sabe que a ésta hora, alguno que otro partirá. Va vestida ligera y como único equipaje carga una mochila pequeña. Observa detenidamente los vehículos, alguno de los cuales van cargando mercadería. A un costado, divisa un autobús que parece estar disponiéndose a partir. Se acerca rápidamente a él, justo cuando un muchacho está retirando el letrero que decía: “A la Zafra en Santa Cruz” y que hasta entonces, colgaba a un lado del bus.

Lucía se aproxima a la ventanilla abierta, donde el chofer se está frotando las manos sentado frente al volante.

- Señor ¿me lleva? Dice ella.

- Sólo si vas a la Zafra…, responde aquel sin prestarle mucha atención.

- Sí..., lo que pasa es que no tengo con qué pagarle...

- Veamos…, dice el hombre, volviéndose a ella, mirándola bien, achinando los ojos ¿Cuántos años tienes?

- Dieciocho, miente Lucía.

- Hmmm ¿Sabes cocinar?

- Sí señor.

- Entonces subí, dice el chofer, a tiempo de encender el motor.

El bus se pone lentamente en marcha y va repleto. Los pasajeros, en su gran mayoría varones, ya están dormitando en sus asientos. Lucía busca algún lugar donde ubicarse, mientras el autobús se sacude a tiempo de abandonar la terminal.

La voz de una mujer se escucha desde el fondo y parece estar hablándole.

-¡Ey! Tú, niña... ¡Vení! Aquí hay lugar...

Ella se acerca despacio, se quita la mochila y se sienta al lado de la mujer.

-Tomá, dice aquella, ofreciéndole una parte de su manta. Trata de dormir, éste será un largo viaje.


sábado, 5 de junio de 2021

 

La otra familia

El E-mail lo comenzó a escribir después de haber llorado tanto, que no podía pensar bien. Se sorprendía, ella misma, de estar escribiéndolo. Pero, en ése momento, lo único importante que se le venía a la cabeza, era la imagen de dos, tres o quizás más, criaturas hambrientas, quizás hasta enfermas y la posibilidad de ella, “la otra”, desesperada, completamente sola y condenada por todos, hasta por ella misma, después de haber tocado ya, la mayoría de las puertas.

Por favor, dime, decía el mail, ¿es que mi marido tiene niños con ésa mujer? No es para reprochárselo, no ahora, en el estado en que él está, pero lo que no soportaría, sería, que aquellos niños estuvieran sufriendo... o padeciendo hambre. No sé si me entiendes, quizá no, pero te imploro me lo digas, porque no tengo a nadie más, a quien preguntarle.

El correo iba dirigido al mejor amigo de su marido, al compañero fiel de parranda, a su más cercano compinche, a quien solía darle los Alibis más improbables, cada vez que su marido, no sabía cómo justificar, ésas prolongadas y sospechosas ausencias.

Ella se avergonzaba de estar escribiendo el E-mail, se avergonzaba tanto, en el fondo de sí misma, porque no lo hacía espontáneamente, motivada por su buen corazón. Pero los recuerdos de su propia niñez volvían. Aquellos recuerdos que parecía que se iban, siempre volvían, más nítidos que nunca. El delantal de la escuela, arrugado y amarillo. Los pies cansados, el dolor, pesándole en los brazos, la bandeja repleta de magdalenas que nadie quería comprar. Su voz gastada de tanto gritar: madalenas, madalenas, fresquitas de hoy, madaleeeeenaaaaaaas.

No supo que más escribir. Tuvo que levantarse a cerrar la ventana, pues la lluvia había comenzado recién. Al volver a sentarse se sonó fuertemente las narices y pensó bien en las palabras propicias para convencerle a decir la verdad: que ella no pensaba hacerles nada mal. Quiso concentrarse, pero no pudo, sus recuerdos volaron otra vez, décadas atrás y pudo ver, como si estuviera ahí no más, metros más adelante de ella, a su hermano pequeño, un año menor, que gritaba también: ma-daleeeeenaaaaas, ma-daleeeeenaaaas. Iban los dos por una feria, se veían a derecha e izquierda puestos improvisados de ropa, zapatos y abarrotes, extendidos en el suelo. A pesar de que ellos eran, los dos, niños milagrosamente sanos, dadas las circunstancias, tenían una voz alta y firme, nadie parecía reparar en ellos, ni en sus bandejas.

Por favor, dime, sólo dime si marido tuvo hijos con ella..., prometo no hacerles daño, al contrario, me gustaría darles una mano. Terminó de teclear sobre la computadora y como si temiera arrepentirse, puso su nombre al pie del mail y pulso rápidamente: ENVIAR.


jueves, 3 de junio de 2021

 

Nada que decir

Nunca llegamos a decir realmente, cómo nos habíamos conocido. A los amigos más cercanos, que eran pocos, les hicimos creer que fue amor a primera vista, en una panadería. Lo sé, si la historia era de por sí inventada, deberíamos haber puesto más empeño, pero como fue idea de Nick, yo se la respeté. Lo cierto es que lo nuestro había hecho clic, en una conocida página de citas de internet, ésa del slogan: el que no busca, no encuentra; cuyo anuncio se puede ver, en casi todas las paradas de tranvía. Su perfil me había parecido interesante: soltero, IT senior expert, gusta de viajar, no fuma y especialmente, no tiene hijos. Y era uno de los pocos que también había marcado ésa casilla, como yo, ubicada un poco más abajo: no tiene hijos y no quiere tenerlos.

Tuvimos un lindo noviazgo, muy tranquilo. Nick, no era de hablar mucho, según él, para evitar el riesgo de repetirse. Y no había mentido en su perfil. Gustábamos de viajar, aunque fuera por trayectos cortos. Solíamos detener el auto en el camino, al pie de cualquier cerro, que nos pareciera lindo y marchábamos en silencio por el bosque, tomados del brazo como dos viejitos. Nick era un excelente nadador, pero respetaba mi miedo al agua. Aún así íbamos a menudo a la piscina, él se metía. Yo me acomodaba en un sillón con mi libro y ambos éramos felices. Le encantaba cocinar y cuando lo hacía, utilizaba su alter ego, a quien terminó llamando Luigi (un chef italiano de renombre mundial, también inventado por él). Bastaba el hecho de ponerse el delantal y había que llamarlo Luigi. Y él hacía honor a su fama. Fue la época en la que comí mejor que nunca, sin tener que ir a un restaurante. De hecho los visitábamos raramente, para ahorrarnos el desencanto, pues sabíamos de antemano que lo que terminarían sirviendo allí, no podía competir con lo que Luigi pudiera prepararnos. Éso sí, éramos de ir mucho a bares, de preferencia a aquellos que se especializaban en cocteles. Entonces yo, para hacerle la competencia a Luigi, me compré varios libros de coctelería, e inclusive tomé un curso y con el tiempo no estuvo nada mal, lo mío.

Al comenzar el segundo año, Nick acostumbraba quedarse en mi casa durante los fines de semana. Solía venir los viernes al salir del trabajo, ya con una pequeña maleta. Sábado y domingo pasaban volando. Los lunes por la mañana nos subíamos a su auto, me dejaba en mi trabajo y luego se iba al suyo. Lo nuestro marchaba aceitado, sin contratiempos. En uno de ésos lunes por la tarde, cuando lo normal era que no se presentara, Nick lo hizo. Ambos comprendimos que era mejor mudarnos juntos. Y lo hicimos. Decidimos quedarnos en mi casa, que era más grande en comparación al departamento de él. No podría decir que la convivencia nos hubiera cambiado, no, éramos los mismos. Comenzamos a tener pequeñas rutinas, como por ejemplo pasar por la biblioteca los sábados por la mañana. Él solía ir a la sección de audiovisuales y elegía para nosotros las películas que en su opinión, era imprescindible ver. Yo por mi parte me hacía de libros de cuentos y ambos salíamos ganando. En una de ésas idas, trajimos a casa la cinta Moon con Sam Rockwell. Aquella película terminaría convirtiéndose en mi favorita de todos los tiempos, tanto que la compré y pude verla, a mi antojo, docenas de veces. El protagonista también se llama Sam y está solo en la luna. Bueno, no está completamente sólo, lo asiste y acompaña un robot llamado GERTY (que vendría a ser, en mi opinión una versión mejorada de HAL 9000 de Odisea en el Espacio). Entonces cuando Nick se retraía tanto que terminaba ignorándome o se encerraba a trabajar en el estudio, yo me convertía en Sam y pretendía que GERTY estaba a mi lado y me daba charla.

Al comenzar el tercer año, continuábamos yendo regularmente a la piscina, él a nadar, yo a leer. En una de aquellas tardes, cuando Nick se hallaba descansado de su rutina, en el sillón de al lado, pude advertir que se quedó mirando detenidamente a una pareja que ocupaba las reposeras, metros más allá. Una pareja más joven que nosotros, el padre acomodaba en ése momento, unos inflables al rededor de los bracitos de un niño pequeño. Yo, que creía conocer a Nick, aún no había visto ésa mirada infinitamente melancólica en su cara. De igual manera comenzó a cambiar el tono y tema de la películas que él solía elegir. Pasaron a gustarle de pronto los documentales y los dramas familiares. En uno de ésos fines de semana, cuando los dos estábamos recostados en el sillón, comenzó la película que él había colocado en el reproductor. Era un documental desgarrador sobre probabilidad de malformaciones congénitas, atribuídas en gran medida a la avazanda edad de la madre. Cuando terminamos de verla, Nick preguntó qué me había parecido, (lo cual era extraño, como ya dije, él era de hablar lo extrictamente necesario) yo moví la cabeza pensativa y dije: triste. Acto seguido dije que tenía hambre y le pedí a Luigi que me ayudara a preparar la cena. Ése día, por primera vez, tuve que cocinar sola, Luigi se negó a salir.

Al día siguiente, que por cierto también era lunes, al volver del trabajo, encontré sobre la mesa una nota de Nick que decía: “Lo siento, pero debemos separarnos. Mandaré a mi hermano por mis cosas. Por favor, te ruego, no intentes contactarme, mi decisión no habrá de cambiar”. No niego que aquello me tomó completamente desprevenida. Aún incrédula, decidí prepararme un coctel y me lo tomé de un sorbo, luego otro, no dejé de admirarme de lo bien que me salían ahora. Cuando ya me había tomado tantos que dejé de hacer la cuenta, me tiré en el sillón y me puse en la piel de Sam y le pregunté a GERTY. ¿Puedes creerlo? Le dije, se fue, me dejó... GERTY, respondió con su voz robotizada ¿Quieres que te prepare algo de comer? En ése momento, como por milagro, apareció el “otro Sam” (el último en ser clonado) que dijo: No es para tanto Sam, ¿qué tal si bailamos? Y puso el tema (como en la película) Walking on Sunshine de Katrina & the Waves. Y nos pusimos a bailar como locos, moviendo nuestros traseros exageradamente, cantando a viva voz: “I just want you back and I want you to stay...”


sábado, 29 de mayo de 2021

La vía

Era la una de la mañana cuando la enfermera llamó y dijo que el paciente de la habitación 214 había perdido la vía. Yo le dije que iría apenas pudiera. Es de suceder que los sábados de madrugada, la guardia se nos llena y no damos abasto. Un elevado porcentaje de ésas urgencias son intoxicaciones agudas: de alcohol, de alcohol con benzodiazepinas, de alcohol con opíaceos, de sólo opíaceos o muchas sustancias desconocidas a la vez. Los pacientes suelen ser tan jóvenes, que a veces incluso hay que avisar a los padres y a la policía. La ambulancia los trae en situaciones extremas, muchas veces en coma, por lo que hay que actuar rápido: intubarlos, sacarles sangre, ponerles una vía y trasladarlos de inmediato a la terapia intensiva. Pero lo peor de todo es cuando vienen de dos en dos, entonces corremos de aquí para allá y nos olvidamos por completo, de que por ejemplo el señor de la habitación 214 necesita una vía.

Cuando la enfermera volvió a llamar, ya eran pasadas las dos y ésta vez, pidió que fuera cuanto antes. Lo hice. Subí corriendo las escaleras hasta el segundo piso, para amainar también el adormecimiento, que a ésas horas suele apoderarse de mí. Pasé por la enfermería, donde no había nadie y me hice del set de venoclisis. Durante la noche, los pasillos del hospital están tan callados, que se puede escuchar hasta lo no dicho y el más mínimo ruido, se presenta magnificado. Al acercarme a la habitación del paciente, se oían leves gemidos. Toqué despacio y empujé la puerta, que estaba entreabierta. Sólo la luz de la mesita estaba encendida. El paciente estaba tendido en la cama, boca arriba, la cabeza completamente calva, los ojos abiertos, las cuencas hundidas, movía los labios casi imperceptiblemente, sin lograr decir nada. Aquel cuerpo tenía más muerte que vida. Al lado de la cama yacía una bomba apagada de morfina. El temor de que estuviese padeciendo dolor, me hizo sentir culpable y me avergonzé, de no haber venido antes.

Sentado en una silla, a su lado, un hombre lloraba con la cabeza hundida, sosteniéndole la mano. Al sentir que había entrado en la habitación, levantó la cabeza, su cara me hizo imaginar la cara que debió tener el paciente, cuando era joven y estaba sano.

Disculpe, le dije al muchacho, quien supuse era el hijo, es que la guardia está llena...

Hace días que está así..., dijo él, limpiándose las lágrimas con la manga de su pullover. Costó mucho ponerle la vía durante el día...

Permítame, dije suavemente acercándome a la cama. El muchacho se levantó, acomodando cuidadosamente la silla para que yo pudiera sentarme. Me senté.

En ése momento sonó mi teléfono, tan fuerte, que el ruido hizo que el paciente parpadeara un poco, pero ni siquiera se giró para mirarme. Disculpe, le dije al hijo, vuelvo en seguida. Salí de la habitación. Acaba de llegar otra ambulancia, dijo la voz al teléfono. EPOC reagudizado, continuó. Vayan sacándole sangre y háganle nebulizaciones, dije, yo bajaré enseguida.

Volví a entrar en la habitación, pero antes puse el teléfono en vibrador. Lo siento, volví a decir, sentándome. A simple vista, el paciente no ofrecía ninguna posibilidad para una vía periférica. Se notaban los intentos de varias venoclisis fallidas en los brazos. Sus músculos se habían atrofiado tanto y sólo la piel parecía cubrirle los huesos. Por ello yo no me animaba a ponerle una vía subcutánea, porque al carecer de materia adiposa, no estaba segura si la bomba de morfina que se le venía administrando, tendría efecto.

Nos dijeron que estaba cerca..., dijo el hijo, pero hace días que está así...

Yo no supe qué contestar, seguí buscando con mis ojos una vena, palpando en sus brazos.

Parece que él no se quisiera ir..., dijo el muchacho.

Me volví a mirarlo y él continuó. Hace poco se volvió a casar, dijo, tiene un bebito... Parece mayor, mi papá, dijo señalándolo, pero sólo tiene cincuenta y dos años...

Arremangué cuidadosamente la bata del paciente y en el nacimiento de su brazo derecho se insinuaba apenas una vena, puse el torniquete, desinfecté y deslizé la vía. Con gran alivio ví fluir la sangre. Fijé la vía con un parche y vendé el brazo. Después encendí la bomba de morfina. El muchacho también suspiró aliviado y me tomó enseguida de la mano. Gracias, murmuró. Yo hice un gesto con la cabeza, me hice del set que había llevado y salí despacio.

Mientras desinfectaba mis manos fuera de la habitación, pude escuchar que el muchacho ya no lloraba, sino decía: Te puedes ir tranquilo, papá... Si es por el bebé... te puedes ir tranquilo...


martes, 25 de mayo de 2021

 

Después del feriado

¡Nada de ésto estuviera pasando si prestaras más atención! ¡Más atención! ¿Es tan difícil anotar los días feriados? ¡Eh! ¿Es tan difícil? Si lo hubieras hecho, no habríamos tenido un fin de semana así. Anotar los feriados, los feriados... ¿Y a qué hora piensan abrir éstos? Si son las siete, ¡ya son la siete! ¿No se dan cuenta que hay clientes esperando? ¡Qué suerte que llevo el barbijo! Somos los mismos de siempre, los que van sólos, los que no miran, los que han esperado, los que esperan, los que seguirán esperando, los que se olvidan de anotar los feriados... Ahí, ahí vienen. Sí, ríete, ríete no más de nosotros. ¡Tú! ¿Qué se puede saber a tu edad? ¡Mocosa! A tu edad también creía que me metería el mundo en el bolsillo, pero espera y verás, a dónde llegas con tu sueldo de supermercado. Así que ríete no más, tranquila, ríete, que tarda, pero llega. ¡Pero éstos están cada vez peores! ¿Acaso no piensan respetar la fila? Si yo llegué antes que aquel de abrigo gris. ¡Dí algo, reclama, tú llegaste antes que él! Pero mira cómo está, mira sus manos, su frente ¡cómo traspira, cómo tiembla! mejor no, no digas nada, cállate, que te puede salir caro el chiste. No te olvides que es mejor tomar una canastilla al entrar, hay que hacer como si nada. Al supermercado se viene a comprar. Mira si hoy justo te encuentras con alguien de tu edificio. Sí, mejor lleva una canastilla. Pero ésta vez mejor compra enlatados, ya ves si llevas fruta, termina siempre en el tacho de basura, como si te andara sobrando el dinero. Rápido, rápido, a ver, a la góndola de enlatados, sí, un par de latas de atún, una de salchichas y listo. Ahora a los estantes de atrás, a lo que hemos venido. ¡Ahí están, mis amores! Agarralos bien rápido. ¡Ah, qué bien se siente, sólo con tocarlos! Lleva de una vez dos..., o tres, mejor cuatro, no, no, sólo dos, sólo dos. Ahora rápido, a la caja. Sí, no hay duda, siempre somos los mismos. Solo que estamos peor. Mira aquella, no puede contar siquiera las monedas... Y de nuevo el del abrigo gris, pero ¿qué es lo que está llevando? ¡Ah, nada! ¿Así que eres de los cortos? ¡Eh! ¡Por eso estás tan mal! Pero, ¿qué le pasa a éste? Mira cómo ni siquiera espera que la cajera abra la vitrina, que se abra..., ¡espera que se abra la vitrina! Cómo se llena de ellos las manos. ¡Qué! ¡No, no lo hagas por favor! Te lo dije, con éste es mejor no meterse. Mira cómo no espera que se los cobren y ahí no más los abre, si tuviera que tragarlos con botella y todo, seguro lo haría. ¿Pero que no entiende que está prohibido hacer eso? Bueno, bueno paga de una vez y ándate. Ahórranos a todos ésta verguenza. ¿Quieres pagar con tarjeta de crédito? ¡Y no sabes que aquí no aceptan! Son sólo cuatro euros, dos por botellita. No, no tienes nada. ¿Que venga seguridad? Pero si son sólo cuatro euros... Déjelo, suéltelo ¡No, no llame a la policía! No te metas, te dije, quedate afuera. Demasiado tarde, ya lo agarraron..., pero si son sólo cuatro euros... 

¿Qué dice señorita? Sí, cóbreme los Jägermeister también..., pero yo, en principio, vine sólo por los enlatados ¿sabe? Como ayer era feriado... Pero ya que estoy aquí, me dije, ¡por qué no aprovechar!


sábado, 22 de mayo de 2021

 

Si usted tuviera hijos, lo entendería

Rahel vestida con su uniforme azul marino, la credencial balanceándose al cuello, salió apresuradamente de la oficina del jefe. En lugar de tomar las escaleras rumbo al subsuelo, donde debería continuar su trabajo en el archivo, siguió de largo por el pasillo hasta alcanzar el ascensor. Bajó de él en el cuarto piso y fue de inmediato a la sala de audiovisuales, encontrándola completamente vacía. Buscó también en la sala de música, que estaba concurrida con un trajín inusual, pero lo que buscaba, tampoco se encontraba ahí. Luego caminó en dirección de la sala de estar, donde algunas personas yacían despreocupadamente sentadas en torno a la mesa y parloteaban con camaradería. 

Se acercó decidida a una de ellas, que en ése momento estaba distraída hablando con la vecina, mientras le mostraba fotos en un celular. Sin ningún tipo de anticipación, se abalanzó sobre ella, agarrándola violentamente de los cabellos a la altura de la nuca y con una fuerza tal, le estampó la cabeza contra la mesa. La mesa crujió, las conversaciones cesaron. Y antes de que la otra pudiera quejarse siquiera del dolor terrible que le desgarraba la cara o reparar apenas en el líquido viscoso y caliente corríendole por la nariz. Rahel gritó completamente fuera de sí: ¡Ahora... ahora es cuando recién te puedes ir a quejar... ladilla! Luego se acomodó el flequillo que le había caído sobre la cara, rectificó la credencial que se había ladeado, dió la vuelta y salió dando un portazo.

La noticia del incidente se vendió como pan caliente en la biblioteca. La versión original fue modificada de maneras diferentes, siempre con exageraciones, como si la verdad no fuera suficiente. No obstante, sobre lo que más se especuló, fue el motivo que había conducido a aquello, las malas lenguas no tuvieron reparo en decir que la cosa parecía involucrar a un tercero.

Literatura clásica: Bien merecido se lo tenía fulanita, en mi opinión...

Germanística: ¿Cómo puedes decir semejante cosa? Algo así es intolerable, no se puede aceptar ése tipo de violencia...

Comics and more: Hablas de aceptar, sí, y qué dices de nosotros, que aceptamos tanto de fulanita... yo creo que lo hizo Rahel, está mal, sí, pero de alguna manera tiene una justificación.

Germanística: ¿Es que no comprenden que fulanita es madre soltera? ¡Por Dios!

Comics and more: Por si no te has enterado, existen niñeras querida...

Germanística: Yo soy una convencida de que hay otras formas para resolver los problemas además de...

Literatura clásica: ¡Pero qué dices! Con fulanita no se puede, yo estuve allí el viernes, cuando Rahel intentó razonar con ella. ¿Pero qué hizo la otra? Mira que ir con el jefe y decirle que fue agredida verbalmente, definitivamente fue un acto de mala fé...

Comics and more: Éste es un trabajo como cualquier otro, no puedes esconderte en el hecho de ser madre soltera, creo yo...

Literatura clásica: ¡Exacto! Nos tuvimos que hacer cargo, sin chistar, de sus turnos de fin de semana, pero de ahí, a que tengas que suspender tu vacación..., yo le doy a Rahel todo mi apoyo.

Germanística: Ustedes opinan así porque son hombres, si fueran madres, ya los vería yo, pasándose al otro bando.

Literatura clásica: Igual, yo creo que parte de la culpa también la tiene el jefe. Según lo que la secretaria contó, le dijo a Rahel, precisamente a ella, que por supuesto fulanita tenía preferencia. Y aquí debo citarlo textualmente, le dijo: Si usted tuviera hijos, lo entendería.

 

domingo, 16 de mayo de 2021

 

El helado

Las chicas y yo nos habíamos bajado del tren en Frauenalb y desde allí decidimos avanzar a pie por medio del bosque hasta llegar a Herrenalb. Íbamos ligeras por el sendero que corría paralelo al río. Aunque apenas era media mañana y recién acabábamos de desayunar, ya íbamos hablando sobre lo que nos apetecería comer. Ana decía: Yo, de comer aún no sé, pero eso sí, voy a tomar un gran helado. Excelente idea, añadió Lina, uno de amarena y stracciatella, mmm se me hace agua la boca. Yo permanecí en silencio. ¿Y tú? me preguntó Ana. Lina, que llevaba más tiempo de conocerme, respondió por mí: No, a ella no le gustan los helados. ¿Y eso? Observó Ana. Yo meneé la cabeza y me encogí de hombros. Yo me acuerdo, recordó Lina dirigiéndose a mí, que antes te encantaban. ¿Te acuerdas que íbamos a lo de Nemo y pedíamos el banana split gigante? Añadió. ¿Recuerdas nuestro viaje a Sofía? Dije en respuesta. ¿Viajaron a Sofía? ¡Qué curioso! Yo ni siquiera la tengo en mi lista, exclamó Ana. Fuimos, hace..., serán unos tres años, ¿no? Dijo Lina. Sí, ya son tres años, respondí. Sofía y el helado, que alguien me explique, no estoy entendiendo nada, se rió Ana. ¿Te acuerdas del penúltimo día? Pregunté mirando a Lina. Aquel día, en que me tuve que ir sola ¿te acuerdas? Ella asintió.

Cerca del hotel en pleno centro de Sofía, estaba ubicada una hermosa construcción de color amarillo: el edificio de baños minerales y a un costado la fuente pública de agua mineral. Era domingo y parecía que toda la ciudad se encontraba allí, habían familias enteras llenando recipientes de todas formas y tamaños. Incluso había un gran camión cisterna estacionado a un lado de la calle, en el cual trabajaba un grupo de hombres, que formaban una larga fila desde la fuente y se pasaban de mano en mano baldes repletos de agua, haciéndolos llegar de ésa manera hasta la cisterna. Yo llevaba aquel día un vestido de verano, una chaqueta, mi bandolera de cuero y unas sandalias de tacón. Me había comprado un helado en barquillo, uno de bochas grandes y como ya el sol estaba bien arriba, me saqué la chaqueta, la puse sobre la escalinata de un local que estaba cerrado y me senté, precisamente frente a la fuente. El afanoso trajinar de aquellas gentes, me hacía imaginar estar observando una colmena, con abejas de todos colores. Llevaba recién unos minutos allí, cuando dos hombres, abandonando aquella fila se aproximaron. Hello, hello! saludó uno de ellos. El reflejo del sol al levantar la cabeza y dado que yo estaba sentada mucho más abajo en relación a ellos, que estaban de pie, me impidió ver sus caras. Me dispuse a levantarme tomando mi chaqueta, pero uno de los hombres puso su bota encima de ella, aprisionándola y apoyó uno de sus brazos sobre la pared. How much? Le oí decir. De un salto me puse pie, pero aquel hombre insistió: You know exactly what I mean, sweety. So, how much? Quise irme sin importarme la chaqueta, pero el otro que había venido con él, comenzó a moverse de un lado al otro cortándome el paso, mientras decía algo en un idioma, que me imagino era búlgaro, gemía lascivamente, lamiéndose la palma extendida de su mano una y otra vez. Yo dejé caer el helado, quise abrirme paso e irme. El hombre que hasta ése momento estuvo pisando mi chaqueta, la levantó y sacudiéndola se la puso al hombro; con una de sus manos, comenzó a acariciar una esquina de la bandolera, que yo llevaba cruzada en el pecho... 

¡Basta por Dios! Exclamó Lina, que de improviso se había detenido y después dió la vuelta, alejándose despacio en dirección al río. La seguí hasta ubicarme a unos metros de ella, observé su mirada fija en algún punto en la distancia, tenía el rostro pálido y ví que le temblaban las manos. Se quitó la mochila y se sentó sobre la hierba; encendió un cigarrillo que aspiró profundamente. El humo formó una leve estela que se diluyó, confundiéndose con la corriente de agua que llevaba el río.


miércoles, 12 de mayo de 2021

 

El vecino

Yo me había mudado recién al departamento de la calle Nordstrasse, cuando en una de ésas primeras tardes tocaron insistentemente el timbre. Dos policías uniformados se dejaban ver por el rabillo de la puerta. Abrí alarmada de inmediato. Buenas tardes señora, dijo uno de ellos, venimos por la denuncia de violencia doméstica. ¿Podemos pasar? Yo no hablaba muy bien alemán en aquel entonces e hice el gesto de no estar entendiendo el asunto del todo. A lo que el otro añadió: Ud. llamó para hacer una denuncia, ¿cierto? Una denuncia, éso sí que lo entendí y moví la cabeza diciendo que no, que yo no había llamado. Entonces el policía señaló el rótulo vacío del timbre en mi puerta, donde yo aún no había colocado mi nombre y preguntó. ¿Entonces Ud. no es la señora...? (Y mencionó un nombre que ahora no recuerdo). No, no soy... respondí. Disculpe la molestia, añadió, tocamos el timbre equivocado. En ése momento se abrió la puerta del departamento de al lado y una mujer joven, vestida con una bata, salió al pasillo invitando a pasar a los dos policías.

Durante ésa primera semana me arrepentí de haberme mudado. Si bien el departamento estaba ubicado en la última planta y tenía una gran terraza con vista al jardín. Poseía, no obstante, paredes demasiado finas, de ésas que dejan escuchar todo lo que pasa al lado. Pude advertir que dos personas, un hombre y una mujer, se hablaban constantemente a gritos y no paraban de tirarse cosas; yo podía escuchar el estruendo de ellas al romperse contra la pared o el piso, además del caótico ruido de una guitarra eléctrica y en repetidas veces a una mujer llorando. 

Una tarde mientras volvía del trabajo, me encontré en el pasillo con un hombre que aseguraba la puerta de al lado. Era joven, enorme y barbudo, tenía el pelo rubio, largo, atado en una cola de caballo. Vestía una chaqueta de color naranja fluorescente, de ésas que suelen usar los operarios de las construcciones y en sus manos sostenía un casco. Su aspecto entero me intimidó de inmediato. Apenas improvisé un saludo cuando pasé por su lado y aquel respondió con un leve movimiento de cabeza. A partir de aquel momento, cada vez que salía o volvía a casa, vigilaba bien, procurando no tener que encontrarme con él de nuevo.

Una actualización obligatoria en el trabajo vino a mí como un gran alivio y me obligó a ausentarme por una semana, lastimosamente aquellos siete días pasaron tan rápido como suelen pasar las cosas buenas y al terminar yo estaba de vuelta en la Nordstrasse. Aparte del lazo negro que alguien había colgado en el umbral de la puerta principal, todo parecía igual a simple vista. Al ir subiendo la escalera me encontré con la vecina, la de la bata, que iba cargada de una bolsa de supermercado y había decidido hacer un descanzo en el tercer piso, depositando la bolsa en el suelo. Por un instante, los ojos hinchados, enrojecidos y huidizos de ella se cruzaron con los míos; yo no pude evitar estremecerme al reparar en su brazo derecho enyesado y sujeto a un cabestrillo. La saludé y me ofrecí a ayudarla, ella en principio dijo que no era necesario, pero como yo ya me había acercado a la bolsa con ademán de agarrarla, aceptó. Sólo faltaban dos pisos para llegar al nuestro y subimos peldaño tras peldaño, despacio y en completo silencio. 

Cuando llegamos le entregué la bolsa, ella me dió las gracias y se dispuso a abrir la puerta. Si necesitas ayuda... le dije y sin saber por qué, me atreví a poner suavemente mi mano en su hombro izquierdo. Ay... dijo ella, como si sólo hubiera estado esperando un gesto para echarse a llorar. Lloraba con la cabeza hundida, sacudiendo levemente los hombros. Intentaba en vano secarse las lágrimas con el dorso de la mano izquierda, pero de nuevo irrumpía en sollozos. Él no era malo, ¿sabes? comenzó a decir, no, él no era malo... En ése momento recién caí en cuenta, que sobre el umbral, colgaba también un listón negro. 


domingo, 2 de mayo de 2021

 

Tiago, la Gorda y la mortadela

Tiago era un inquilino más en aquella casa de habitaciones oscuras y paredes húmedas. Los que vivíamos allá, carecíamos de medios para conseguir algo mejor. Éramos todos estudiantes del interior, estábamos dividimos por nuestro lugar de procedencia en dos bandos: los cambas y los collas. Tiago era un camba de un pueblito perdido en algún lugar de Pando, le decían el Decano de la Facultad, pues ya estaba más de diez años cursando la carrera y aún iba en el tercer año, arrastrando materias del segundo. Hacía mucho que sus padres habían dejado de enviarle dinero y él se mantenía a flote pintando siempre el mismo cuadro. Se plantaba con su caballete al lado de los lavaderos comunes de ropa y pintaba sin apuro mientras conversaba con aquel que en ése momento estaba lavando o simplemente se había sentado allí para verlo trabajar. Todos los nuevos inquilinos se quedaban admirados de cómo, aquel lienzo anónimo iba evolucionando hasta dejar plasmado un bello paisaje oriental, con sus verdes ombúes frondosos y un río tranquilo, del cual venía una cambita vestida de tipoy, portando al hombro un cántaro de agua.

Era un tipo amigable e inofensivo. Nadie podía explicarse cómo, había ido a parar con la Gorda. Él repetía, para defenderse de las burlas que le hacíamos, que sólo había sido una única vez, resultado de la cual tenía una hijita de unos cinco años, que vivía con la mamá. La Gorda era todo un personaje en la Facultad, también era Decana. Era alta, maciza, de carnes que se le desbordaban por donde uno la viera, tenía el pelo cortísimo y por lo que decían, era mala con ganas. Estaba obscesionada con él y la encontrábamos contínuamente merodeando la casa. Corría el rumor de que de tanto en tanto “le daba” a Tiago y éste aparecía con rasguños y hematomas que trataba de explicar de maneras ingeniosas, pero que nadie le creía. A veces, cuando íbamos saliendo rumbo a la Facultad, lo encontrábamos detrás de la puerta, sin animarse del todo a salir; nosotros, que ya conocíamos el motivo, salíamos a la calle, examinábamos a derecha e izquierda y dábamos luz verde: Tiago, la Gorda se ha ido, ya no está, le decíamos.  

La mortadela me la habían envíado a mí en encomienda, la misma que yo iba cargando pesadamente al pasar por los lavaderos donde Tiago estaba pintando. Éste, al ver que yo traía una caja de gran tamaño, dejó lo suyo y se ofreció a ayudarme. Después de ponerla sobre la mesa de mi habitación, preguntó si se podía saber qué era. Al ver que en lugar de irse, se había sentado, me puse a abrir el paquete que constaba de galletas de agua, latas de picadillo y una enorme mortadela Calchaquí de dos kilos y medio. Al verla Tiago se humedeció un poco los labios y se acomodó más en la silla. Yo le invité a quedarse, pusimos agua para el té y nos zampamos sendos regordetes sandwiches. Le dije que podíamos repetir al día siguiente y él vino puntual trayendo pan fresco y se ofreció a preparar él mismo la merienda. Pude advertir que a pesar de que se había abotonado la camisa hasta el último botón, todavía se podía ver el surco de un rasguño reciente en su cuello. Él dijo enseguida: parece, que todavía no me sé afeitar... Después me habló de su nena, la cual la Gorda se empecinaba en no dejarla ver. Decía que ya había comenzado a ir a la escuela y que era muy inteligente, de grande quiere ser doctora. También contó que el motivo del cuadro era un lugar cerca de su pueblo y que la mujer que aparecía allí, era la novia que había tenido, antes de venirse a estudiar. Seguro que ya se habrá casado... 

A la mañana siguiente iba saliendo para la Facultad y la puerta principal estaba entreabierta; afuera se escuchaba a dos personas discutiendo por lo bajo y forcejeos, me acerqué despacio y era la voz de Tiago que rogaba: dejá..., andate, por favor, dejame de una vez en paz... A lo que una voz femenina insistía: Pero decime ¿por qué? ¡eh! Tiago ¿por qué? ¿por qué no puedes quererme?


viernes, 23 de abril de 2021

 

Jelena

Hoy, sin ningún motivo en particular abrí la dirección de correo que hace años, voluntariamente, había abandonado y cuya contraseña consideré que ya no recordaba. Además de una inmensa cantidad de Spam, me encontré con cartas de gente con la cual por alguna razón u otra, todas justificadas, había dejado de tener contacto. Una de las cartas era de Jelena, fechada sólo hace unos meses, en ella me decía que ahora que había pasado el tiempo, recordaba con cariño la época que habíamos compartido juntas y me invitaba a visitarla en su residencia en Munich, dirección que también adjuntaba. No pude evitar pensar en ella y en la época que mencionaba.

Jelena era, hace unos años, una de las doctorantes del hospital. Tenía una belleza tan extraña y magnética que al conocerla uno no podía evitar quedarse un rato en silencio, extasiado, admirado de tal perfección. Por ello era amada y odiada a la vez con mucha intensidad. Yo descubriría más adelante, que no había hombre capaz de resistírsele y naturalmente mujer que no pudiera sentir celos de ella. Dueña además de unos modales finísimos, se movía con una calma y gracia, como si tuviera un aura que caracteriza a quienes tienen y siempre lo han tenido todo. Aparte de ruso, hablaba fluídamente varios idiomas, entre los cuales francés. En aquel entonces el alemán me era tan pesado por tener que hablarlo todo el día y fue un alivio, la primera vez que conversamos. Para ella no era raro; en su casa en las afueras de San Petersburgo, su familia tenía todavía la costumbre, heredada de épocas pasadas, de hablar aún en francés.

Como Jelena se desempeñaba en otro departamento del hospital y tenía un horario mucho más relajado que el mío, en parte debido a que el doctorado lo hacía “ad honorem”, solía pasar por mí a la hora del almuerzo o a retirarme al salir del trabajo. De ahí nos íbamos a la casa de la “niñera” que le cuidaba un diminuto perro Chihuahua de ojos negros como dos pepitas de carbón. Ella adoraba a aquel animalito, después de besarlo varias veces y decirle que era un bombón, lo más bello que le había pasado en la vida y otras tonterías más, lo metía en su bolso Louis Vuitton dejando libre sólo su pequeña cabeza y nos íbamos por un café o un vaso de vino al café-bar del hotel Maritim, donde yo ya era asídua, pues solía ir sola, antes que con Jelena, tarde a tarde a intentar escribir mis textos y cuando aquello fallaba, me ponía a leer. La consigna era que habláramos de lo que habláramos, no lo haríamos ni de familia ni del trabajo. Entonces conversábamos de literatura, de viajes, de idiomas, de moda, de cine, le conté de mi tradición personal de visitar la Berlinale todos los años, de lo mucho que me gustaba quedarme en aquel hotel en Postdamer Platz. Descubrimos que nos gustaba Anton Chéjov y fantanseábamos si alguna vez él habría pasado también por la ciudad, caminado por las calles de Mannheim, en su viaje rumbo a su rehabilitación en Badenweiler. Ella gustaba escuchar de mis avances en el guión que estaba escribiendo, pues en aquella época yo aún creía en la posibilidad de ver mi nombre en los créditos de una película famosa.

Durante los primeros meses fuimos casi inseparables, no sólo nos encontrábamos en el trabajo sino que nos íbamos juntas de fiesta o de bares. A mí me fascinaba observar lo que su presencia producía en la gente, especialmente en el sexo masculino: los camareros eran más atentos, cuán atentos eran, los hombres, hombres que jamás nos habían visto, nos sostenían ahora, con esmero, las puertas. Bastaba sentarnos en cualquier bar y nos llovían los tragos, que solíamos no aceptar. Para mí todo aquello era tan nuevo, pero ella ya estaba acostumbrada y hasta parecía fastidiarle.

A comienzos del verano, luego de volver de mis vacaciones la encontré cambiada, parecía estar más bella aún, más radiante. Me dijo que había conocido a alguien en el gimnasio; confieso que no dejé de sentir intriga por saber quién había sido el hombre aquel capaz de llamar su atención; hasta el día en que lo conocí, a él, cuando pasó a buscarla del trabajo. Mucho antes que ella dijera una palabra o se sonriera siquiera, apenas ví acercase a las puertas de nuestro hospital a aquel Ferrari intensamente rojo de ruedas plateadas, supe que era aquel.

Al verlos juntos, parecían tal para cual; Friedrich era un gentleman, poseedor también de ésa aura del que hablé hace rato. Vestía de un modo impecable, siempre de traje, sin corbata. Era de ésos hombres que suelen pasar hasta por la manicura, lo cual personalmente considero de lo más absurdo, aún tratándose de una mujer, ni qué decir de un hombre. Pero dejando de lado aquello, Friedrich era un hombre que sabía lo mismo de negocios como de artes y de ciencias, tema del habláramos él sabía y podía dar una opinión sólida, que yo a menudo compartía pero que me encantaba disentir, sólo para escuchar cómo él se debatía y encontraba nueva astucias para discutir con ahínco. Él hilvanava ideas que no podían ser sólo suyas, sino las de un hombre que había leído mucho o vivido personalmente. En el caso de él, era seguro que lo había leído, pues él tenía la misma edad que nosotras.

Con Friedrich se nos abrieron a Jelena y a mí las puertas de lugares que ni imaginaba que existían, íbamos a conciertos de jazz, cenas, cócteles y bailes en lugares increíblemente exclusivos, a menudo en Villas cerca de Baden-Baden o Heidelberg. Por ése tiempo a Jelena y Friedrich se les había metido en la cabeza la idea de emparejarme con uno de los muchos amigos que éste poseía. Y cuando al pasar el tiempo, nada de aquello diera resultado, yo comencé a alejarme de a poco y encontrar excusas para no asistir a las invitaciones que ellos me hacían, preferí no seguir haciendo de mal tercio y traté de concentrarme también en mis propios proyectos. Pasaron unos meses donde Jelena y yo sólo nos comunicábamos por mensajes de texto o compartíamos brevísimos encuentros a la hora del almuerzo, en los cuales hablábamos de cosas banales; algo entre nosotras se fue perdiendo irremediablemente.

En diciembre yo ya había vuelto a mi rutina y un par de veces por semana también a sentarme conmigo misma en el café-bar Maritim. Una de ésas tardes mientras estaba en mi rincón acostumbrado, concentrada en un Outline para ser admitida en un curso en el marco de la Berlinale, una voz conocida interrumpió mi trabajo: era Friedrich. Me dijo que había quedado con unos amigos, señalándolos en el otro extremo del bar, alguno de los cuales movió la mano para saludarme. Preguntó en qué andaba, ya que hace mucho tiempo no habíamos vuelto a juntarnos. Enseguida nos pusimos al tanto, conversamos largo, hablamos sobretodo de viajes, de las experiencias con los idiomas, de lugares que nos gustaría visitar, hablamos tanto que uno de sus amigos pasó a despedirse. Recién cuando ellos se fueron, caímos en cuenta de la hora que era, yo comencé despacio a empacar mis cosas, empezando por la notebook, a lo cual él preguntó, señalándola, qué era lo que estaba escribiendo. Le conté de mi proyecto para el curso de guión. El se acomodó aún más en su asiento y pareció estar realmente interesado en escucharme. El guión era sobre un hombre inconforme, que no obstante poseerlo todo, cada día se pregunta si no podría tener algo más, no en el sentido material, sino también espiritual: ¿Es ésto todo (en la vida), se pregunta, no hay más? Friedrich se quedó un momento pensativo y dijo: Interesante..., por cierto a menudo también me lo he preguntado yo. Es como si escribieras un guión precisamente sobre mí, concluyó sonriéndome. No, no de ninguna manera, me defendí, la idea original la tomé de una canción de Peggy Lee que se llama: is that all there is? Él me miró fijamente, como si yo de pronto hubiera dado en el clavo y preguntó si yo sabía donde yacía la inspiración de aquella canción. Por supuesto que sí, le dije. ¿A ver? Preguntó él. Pues en el hombre de plaza San Marcos..., respondí, acordándome de aquel cuento que había leído. ¡Exacto! Dijo él dando un brinco, chasqueando los dedos, fue Thomas Mann ¿pero cómo es que lo supiste? Volviendo a sentarse más cerca, a mi lado, tanto que yo pude sentir el olor cautivante de su piel, de sus cabellos, envolviéndome. Pues la Wikipedia..., respondí y comenzamos a reírnos; reíamos tanto que cuando queríamos parar, nos mirábamos y volvíamos a empezar. En ése momento noté por primera vez que sus ojos, que siempre me habían parecido verdes, eran más bien de un color azul claro.

Mi esbozo de guión pasó la prueba y me aceptaron como participante del curso. Así que la primera y segunda semana de febrero yo me encontraba en la Berlinale, en aquel hotel que yo siempre visitaba, el de Postdamer Platz. La primera semana me dediqué sólo al curso, que ocupó todo mi tiempo. Incluso durante las noches los coordinadores nos llevaban a ver las películas que habían elegido para reforzar los conocimientos obtenidos en las clases teóricas del día. Era un mundo realmente fascinante y nuevo, la gente que conocí era tan creativa, que lejos de animarme a seguir escribiendo, me hizo creer que mi escritura no tenía nada especial y lo que yo podría llegar a decir, no era realmente importante. A comienzos de la segunda semana, se me unió Friedrich. Juntos habíamos hecho una larga lista de todas las películas que veríamos. Nos parecíamos tanto, incluso en aquello. A mis reparos sobre si debía o no seguir, él decía: ¡tonterías! ¡fábulas! Yo sin duda tenía talento, es más yo era la persona más talentosa que él había conocido, de seguro era la más brillante del curso de guión y cosas por el estilo. Pero dijéramos lo que dijéramos siempre terminábamos por convencernos, persiguiéndonos hasta alcanzarnos o abrazándonos, matándonos de la risa.

Era el sábado por la mañana, un día antes de que la Berlinale se terminara y nosotros desayunábamos en el restaurante del hotel, cuando un pequeño rumor me hizo mirar en dirección de la puerta. La camarera había detenido a alguien en el umbral, y se la escuchaba decir que lamentablemente no está permitido el ingreso a los animales de compañía, por lo cual aquella persona debió quedarse en el umbral, a unos metros de donde estaba ubicada nuestra mesa. Era Jelena, estaba de pie allí, con el perrito dentro del bolso, dirigiéndonos una expresión de desprecio y rabia. Friedrich y yo nos miramos en silencio, él me tomó de la mano, apretándola suavemente, movió imperceptiblemente la cabeza evitando que fuera a levantarme. Jelena dió la vuelta y se fué. Nosotros permanecimos abrazados un largo rato, pensábamos que se había ido, pero en realidad nunca lo hizo, de alguna manera consiguió quedarse, por siempre, en medio de nosotros.


viernes, 9 de abril de 2021

 

Ahí afuera

Supe que estaban más cerca que nunca, en el momento que ví asomarse por el inodoro, la enorme cabeza de una rata negra. Ésta, tal como se dejó ver, dió la vuelta y su larga y puntiaguda cola desapareció rápidamente por donde había venido. No me quedó más remedio que clausurar también el baño. El departamento poco a poco se iba haciendo cada vez más pequeño. De alguna manera percibía que ellos me venían cercando, que no importaba demasiado todos los recaudos que había tomado. Lo habían dicho por la radio: hordas de ratas negras los anteceden... Pero la radio también se había quedado muda.


domingo, 28 de marzo de 2021

 

La venganza

Ése día las redes sociales se inundaron con la noticia. Repetían el incidente sin cansancio y en varios idiomas. Se mostraron videos y memes de lo ocurrido. Las cadenas de televisión más serias: ¡Un increíble suceso! reportaron. Aquello dió lugar también a todo tipo de teorías conspirativas.

Sólo aquí se intentará reconstruir realmente lo sucedido.


Habla él:

Rosita y yo habíamos estado buscando por largo tiempo un hogar. Peinábamos la zona cerca del parque. Nos gustaba el barrio. Yo había nacido justo ahí y Rosita también y por ningún motivo, estábamos dispuestos a irnos. Buscábamos algo espacioso, de preferencia en el último piso y con balcón. Le dedicábamos horas y horas de nuestro tiempo libre a diario, hasta que de buenas a primeras lo encontramos. Justo en la Gartenstrasse. Con vista al corazón de la manzana y todo. Aquí es nos dijimos, felices, al visitarlo por primera vez. El inmueble era de no creer y naturalmente habían muchos interesados. Pero como Rosita ya estaba de encargo, El Consejo nos dió prioridad. No teníamos muchas cosas y no nos costó nada instalarnos. Yo iba y venía, ajetreado con el amoblado. Rosita me sorprendía gratamente con la decoración. Ambos soñábamos con la llegada del niño o niña, se nos dió por no saber el sexo. Los primeros días pasaron y nosotros ya nos habíamos acostumbrado a nuestro hogar. Hasta que de golpe, del día a la noche todo cambió.


Habla ella:

Entre semana yo llevo una vida muy ajetreada. A las siete de la mañana tengo que estar ya en la oficina y tiro de largo hasta pasadas las seis. Después me voy con las chicas a hacer el “After” y nos quedamos siempre hasta el cierre; hay noches que ya ni vuelvo a casa. Por eso no me dí cuenta, sólo hasta el fin de semana, que me habían ocupado el departamento. No sé cual sería mi rabia, que agarré una escoba, les grité con todas mis fuerzas hasta lograr echarlos. Después, temerosa de que volvieran, me reporté enferma la semana siguiente. Decidí llamar a mi padre y le pedí prestada su escopeta. Me senté día tras día a vigilar en el balcón, observando desde arriba. Los reconocí de inmediato. Sí que eran porfiados ¡eh! y amenazaban con volver.


Habla el Jefe del Consejo:

La población ha crecido sustancialmente y el mercado inmobiliario se ha quedado rezagado. Se hace cada vez más difícil. Especialmente se complica en la ciudad y sobre todo cuando las familias ya tienen chicos. Hay una especial renuencia a ellos en particular. Si bien El Consejo puede administrar la repartición, no puede garantizar que el acuerdo se respete. Ahí entran definitivamente en juego dos factores: primero, el nivel de perseverancia de los inquilinos y segundo, la capacidad de adaptación del arrendador. Quiero afirmar sin embargo, que hasta ahora no habíamos sopesado con un problema similar. Y espero que tampoco lo hagamos en el futuro. Sin duda aquello se trató de sólo un hecho aislado.


Vuelve a hablar él:

Costó mucho consolar a Rosita, el desalojo nos tomó desprevenidos. Nos tuvimos que ir con lo puesto. No nos dió tiempo a recoger nada. Presentamos como era de esperarse la queja al Consejo. Nada podemos hacer, dijeron. Pero ¡algo había que hacer! No nos pueden echar así sin más ni más, pensé determinado. Claro que intentamos volver, pero ella estaba a todas horas ahí, armada con la escopeta, vigilando en el balcón. Nos tuvimos que resignar, somos dos seres pacíficos. Terminamos alojados en la casa de un amigo, donde Rosita finalmente dió a luz a mediados de la primavera. Si bien la alegría de ser padre me distrajo. También me hizo reflexionar qué tipo de ejemplo le estaba dando a mi hijo, si dejaba aquello pasar. Pensé minuciosamente un plan, que luego presenté al Consejo. Aprobado por unanimidad, dijeron. Ni bien salió el llamamiento, decenas de voluntarios se presentaron. Nos organizamos e hicimos rondas tomando el registro de los movimientos en el departamento. Pudimos constatar que eran los sábados donde el balcón se llenaba de gente. Fue así que decidimos atacar en un fin de semana. Era una tarde de verano, mientras el olor a carne asada flotaba en el ambiente, los cocteles y bocadillos iban y venían en el balcón de la Gartenstrasse; mis compañeros y yo entramos en acción. Atacamos sin piedad y disparamos contra todo lo que se movía en el balcón. Una lluvia de proyectiles impactó sobre los invitados de la fiesta. Unos miraron al cielo sin poder creerlo, otros intentaron escapar sin éxito. En segundos, literalmente los llenamos de mierda. Y así veloces como vinimos, así también nos fuimos.

Ahora que lo pienso, la verdad ella se merecía que la hubiésemos picoteado, eso y mucho más, pero nosotros, como dije antes somos dos seres pacíficos: somos palomas de la paz.