La ópera y el amor
Ocurrió el martes pasado, si bien la jornada de
trabajo ya había concluído, quería yo explorar un poco más el nuevo sofware con
el que debo trabajar a diario y a pesar de que se me explicó bien cómo funciona,
todavía me está costando. A ésas horas me apeteció de pronto prepararme un té y
decidí pasar por ello por la sala de descanso.
Un colega había tenido la misma idea que yo,
así que el agua ya se estaba calentando. No sé con certeza cómo llegamos a conversar
sobre el tema, no es algo de lo que se suela hablar en unos pocos minutos y menos
cuando las personas no se conocen bien. Quizás habré sido yo que hube
mencionado lo mucho que me gusta la ópera clásica, quizás porque hablábamos de
las cosas que solemos hacer los fines de semana, en los cuales no tenemos
guardia en el trabajo.
El colega entró de lleno en la conversación, confesándome
que ésa es su actividad favorita por encima de otras y que justamente gracias a
la ópera pudo saber que la mujer, que ahora es su esposa, también sentía algo
por él.
¿Cómo? A ver, ¡explíqueme!, dije yo.
Verás, dijo él. Conocí a ésta chica, que apenas la ví, supe que era “la chica”; si bien ya éramos amigos, me mandaba todo el tiempo mensajes contradictorios, así que yo no me atrevía del todo a invitarla a salir. Un día se anunció en la ciudad, la puesta en escena de “Los maestros cantores de Núremberg” de Wagner, que como sabrás en promedio, suele durar unas 6 horas, incluida la pausa. Así que me dije, ¡es ahora o nunca! Y para estar más seguro, subí la apuesta y me conseguí dos tickets de ésos de a pie, en la parte más elevada de la galería, que si bien tienen una espléndida musicalidad, nos obligaba a estar no sólo de pie, sino bien pegaditos el uno al otro. Mi hipótesis era (olvidé decir que el colega es un científico): "Ninguna mujer que no posea un interés genuino en un hombre, estará dispuesta a pasar con él 6 horas, de a pie a su lado".
Seguro, habrán imaginado ya la respuesta: La
chica dijo que "sí".