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domingo, 30 de agosto de 2026

 

La ópera y el amor

Ocurrió el martes pasado, si bien la jornada de trabajo ya había concluído, quería yo explorar un poco más el nuevo sofware con el que debo trabajar a diario y a pesar de que se me explicó bien cómo funciona, todavía me está costando. A ésas horas me apeteció de pronto prepararme un té y decidí pasar por ello por la sala de descanso.

Un colega había tenido la misma idea que yo, así que el agua ya se estaba calentando. No sé con certeza cómo llegamos a conversar sobre el tema, no es algo de lo que se suela hablar en unos pocos minutos y menos cuando las personas no se conocen bien. Quizás habré sido yo que hube mencionado lo mucho que me gusta la ópera clásica, quizás porque hablábamos de las cosas que solemos hacer los fines de semana, en los cuales no tenemos guardia en el trabajo.  

El colega entró de lleno en la conversación, confesándome que ésa es su actividad favorita por encima de otras y que justamente gracias a la ópera pudo saber que la mujer, que ahora es su esposa, también sentía algo por él.

¿Cómo? A ver, ¡explíqueme!, dije yo.

Verás, dijo él. Conocí a ésta chica, que apenas la ví, supe que era “la chica”; si bien ya éramos amigos, me mandaba todo el tiempo mensajes contradictorios, así que yo no me atrevía del todo a invitarla a salir. Un día se anunció en la ciudad, la puesta en escena de “Los maestros cantores de Núremberg” de Wagner, que como sabrás en promedio, suele durar unas 6 horas, incluida la pausa. Así que me dije, ¡es ahora o nunca! Y para estar más seguro, subí la apuesta y me conseguí dos tickets de ésos de a pie, en la parte más elevada de la galería, que si bien tienen una espléndida musicalidad, nos obligaba a estar no sólo de pie, sino bien pegaditos el uno al otro. Mi hipótesis era (olvidé decir que el colega es un científico): "Ninguna mujer que no posea un interés genuino en un hombre, estará dispuesta a pasar con él 6 horas, de a pie a su lado".

Seguro, habrán imaginado ya la respuesta: La chica dijo que "sí".


miércoles, 12 de agosto de 2026

 

Las manos de quien llora

No se puede sentir en el otro, lo que uno no ha sentido en sí mismo. Como no hay manera de percibir el dolor que se apodera de un ser abandonado, no sin antes uno mismo haber transitado ya por ése oscuro y desesperante camino.

Al muchacho se lo vé desde atrás, pintado sólo desde la cintura para arriba, vistiendo una túnica en bordeaux y una especie de gorro que le cubre parcialmente la cabeza. Su cuerpo encogido en un sollozo reposa entero sobre el dorso de su mano izquierda, cubriendo sus ojos, sus lágrimas, que nosotros no vemos, pero podemos intuir.

De los tres personajes del cuadro, es el muchacho, el encargado de transmitir el mensaje. No es la madre que ruega, ni lo es el padre que ordena, sino el muchacho que porta la incertidumbre de todo lo que a partir de éste momento vendrá.