Las manos de quien llora
No se
puede sentir en el otro, lo que uno no ha sentido en sí mismo. Como no hay
manera de percibir el dolor que se apodera de un ser abandonado, no sin antes
uno mismo haber transitado ya por ése oscuro y desesperante camino.
Al
muchacho se lo vé desde atrás, pintado sólo desde la cintura para arriba,
vistiendo una túnica en bordeaux y una especie de gorro que le cubre
parcialmente la cabeza. Su cuerpo encogido en un sollozo reposa entero sobre el
dorso de su mano izquierda, cubriendo sus ojos, sus lágrimas, que nosotros no
vemos, pero podemos intuir.
De los
tres personajes del cuadro, es el muchacho, el encargado de transmitir el
mensaje. No es la madre que ruega, ni lo es el padre que ordena, sino el
muchacho que porta la incertidumbre de todo lo que a partir de éste momento vendrá.