Rosseta - Segunda Parte
Pocas orquestas en Buenos Aires poseen una bandeonista como parte de sus
integrantes, éste hecho es más extraño aún si se trata de una mujer, una mujer
joven y espléndida como Rosseta. Y nada menos, alguien que hubo estudiado el
instrumento como una carrera profesional; precisamente en el Conservatoire de
Gennevilliers en París. Ustedes ya lo habrán podido intuir, ella había llegado a
la ciudad no por casualidad, sino como parte de un bien pensado plan: terminar
de grabar el disco de tangos más melancólico que existe. Y la orquesta en
particular, que la reclutó a su paso por París, durante su gira por Europa, era
una de ésas orquestas que solían tocar los viernes y sábados en el Gran Teatro
del Tango sobre la Avenida 9 de Julio, conciertos para los cuales había de
invertir una pequeña fortuna y reservar los tickets con demasiada antelación.
¿Cómo conoció Rosseta al tipo en cuestión? Pues yo no me habría de
enterar, sino hasta mucho más tarde, cuando ella comenzó a hablar de Fulano
ésto, Fulano lo otro y de lo maravilloso que era. La historia me la contaba ella
entre risas, poco a poco en aquellas largas charlas que solíamos entrablar en
la terraza del hotel de Microcentro donde ella vivía, justo donde nace la
avenida Rivadavia, donde sus padres habían considerado, era más seguro comparado
con un propio departamento. Aquella terraza sólo estaba abierta para los huéspedes
del hotel y tenía una de las mejores cartas de vino que se puedan encontrar en
Buenos Aires, además de una vista espectacular sobre la ciudad que se extiende hasta
el río de La Plata.
Yo habría de conocer a Fulano de tal, en la cena que dió la asociación gastronómica
francesca en la Argentina, en aquel hotel que ahora ya no existe, pero donde hace
poco estuvo ubicado en el palacio Mihanovichen sobre la calle Arroyo. Éste era
un tipo de una estatura admirable y músculos bien trabajados, un “ropero”, como
dirían en Buenos Aires, uno de peinadito oscuro a la gomina y zapatos baratos de
tanguero, ésos que venden en el Once de Plaza Miserere. No me era claro, qué
era lo que Rosseta había encontrado en aquel tipo, que solía escupir al hablar
y no paraba de hablar de sí mismo.
Pero había que observar la forma cómo Rosseta lo miraba, casi conteniendo
la respiración. A partir de
entonces supe muy poco de ella, nuestras charlas amainaron tanto hasta
desaparecer, no sólo por su parte, sino también por la mía, que tuve que
ocuparme en proyectos personales que había descuidado y que requerían urgente
de mí.
Yo diría que hubieron pasado un par de meses, quizás cinco o seis, hasta
que una tarde me llamaron desde el departamento de urgencias de una clínica
privada ubicada en Palermo. No tardé en percatarme que Rosseta había dado mi número
como persona de contacto y me hice camino de inmediato rumbo al hospital. Al
ingresar a la guardia, la médica a cargo me informó que Rosseta había sufrido
un accidente; se había caído en la bañera del hotel, que por suerte, aparte de
un par de contusiones, estaba fuera de peligro. Lo que sí, añadió la médica, los
resultados de laboratorio habrían arrojado, en pleno día, entre otras cosas, 2 gramos de alcohol
por litro en su torrente sanguíneo.
Cuando me permitieron verla, me costó reconocerla; su cuerpo le
bailaba en aquella bata de hospital, tenía el cabello sucio y descuidado, nada
que ver con aquella melena rubia de rulos bien hechos. Fue cuando me saludó,
que yo me horroricé..., en su otrora blanquísima sonrisa, entre sus labios ahora, asimétricos e hinchados, le
faltaba un diente, uno de los de adelante.
Continuará