El miedo
más grande
Yo no había cumplido
aún los cinco años, cuando mis padres decidieron, no sin un dejo de temor y tristeza,
que había llegado la hora de enviarme oficialmente la escuela. La muy
blanquita, la número 10 Germán Busch, perteneciente a la empresa minera Quechisla,
donde se había encontrado por entonces, una veta inagotable de estaño, que
había hecho del campamento un lugar muy próspero, no por ello menos árido y alejado
del mundo.
Si bien yo ya podía
leer despacito la Ratita Presumida, el primer cuento que mi padre me
regaló, y personalmente, con muchísima paciencia me enseñó, tarde a
tarde de a poquito, mientras sus colegas, los otros maestros del pueblo se
juntaban a jugar al futbito o se iban de copas al bar, mi padre se sentaba a mi
lado y me enseñaba los secretos que guardaban las vocales y consonantes con las
cuales se formarían después palabras, luego historias, que a su vez lograrían
que en mi cabeza se formaran mundos, en los cuales nunca había estado, pero los
cuales estaba convencida, que era imprescindible ir a descubrir.
No sé con certeza a cuál
de los dos le costó más tomar ésa decisión (la de mandarme a la escuela), yo
creo que mi sabia madre, consideró que era adecuado que yo tomara contacto con
otros niños, los niños mineros, que sí que eran fuertes, eran obedientes a sus
padres y no sabían lo que era hacer berrinches o llorar.
Corrían tiempos en el mundo,
en los que nada se echaba a perder, sino más bien se re-usaba. Lo que hoy se
llama reciclado, solía ser algo muy natural para nosotros. Como Usted ya lo
habrá notado, vivíamos en un campamento minero, uno del tercer mundo.
Mamá era experta no
sólo en lo del reciclado, sino que en muchas otras labores de casa, que las
mujeres de los Andes se ven obligadas a aprender para poder sobrevivir. Sabiendo
que en la escuela habría de necesitar una mochila, decidió tejerla ella misma
para mí; una especie de bandolera multicolor con una solapa que se aseguraba por
delante con un gran botón redondo. Ésa mochila/bandolera, sería el objeto más
querido que yo llevaría conmigo durante mis primeros años en la escuela, y cuando
mis libros fueron demasiados y pesados para caber en ella, se la tuve que heredar
a mi hermana menor.
La tarde que mi madre
juntó en una canasta las prendas de lana, de las cuales saldría más tarde mi
mochila/bandolera, yo no me desprendí ni un poquito de ella, ya que la escuela
me parecía un lugar muy alejado y extraño en comparación a mi casa, fue el
tiempo que intenté estar más cerca que nunca de mis padres.
Yo le estaba ayudando a
deshilachar una a una las prendas, que ella había juntado en la canasta. Hasta
el momento yo había visto desaparecer ya varias de ellas, a un par de sweaters y
una chalina, los ví convertise, en un santiamen, en un gran ovillo de lana.
Fue entonces que le
tocó el turno a mi ponchito, que desde que tomé el estirón ya no podía vestir más.
El ponchito en cuestión tenía un cuello V con pequeñas solapitas, era de color
verde oscuro con una raya diagonal en color beige, poseía unos flecos largos también
en color verde oscuro.
Mi madre lo tomó, lo extendió cuan largo, poniéndolo a mi lado. Ahh dijo, ¡Si éste ponchito hablara... las cosas que contaría! Seguro tú no te acuerdas, continuó. Eras mucho más pequeña y vivíamos aún en el valle de San Miguel, que tenía enormes sembradíos de alfa alfa, unos campos bien crecidos y verdes. Ése día en particular, habíamos ido a comprar víveres en la feria del pueblo de al lado, con tan mala suerte que el único bus se descompuso a medio camino y no hubo forma de arreglarlo, así que todos los pasajeros nos tuvimos que bajar y hacer el resto del camino a pie, cada quien por su lado. Si bien era entrada la tarde, el sol parecía caer lentamente, así que tu padre y yo decidimos tomar un atajo, pasando por medio de los campos de alfa alfa. A tí no te gustaba que tu padre o yo te cargáramos, tu querías correr, siempre ir por delante, siempre muy de prisa... Y no sé cómo pasó, fue en un momento en que tu padre y yo nos descuidamos, fueron sólo unos segundos que te perdimos de vista y vos simplemente ya no estabas, desapareciste. Yo grité a más o poder, tu padre, el pobre casi se vuelve loco. Gritamos y corrimos y te buscamos, pero tu eras tan pequeña y la alfa alfa era mucho más alta de tú...
Mi madre no pudo continuar más, la voz no le salió, simplemente me estrechó fuerte para sí, en silencio.
Al cabo de un buen rato dijo: Nunca había sentido algo así, un miedo así..., el miedo más grande...