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domingo, 19 de julio de 2026

 

Rosseta - Segunda Parte

Pocas orquestas en Buenos Aires poseen una bandeonista como parte de sus integrantes, éste hecho es más extraño aún si se trata de una mujer, una mujer joven y espléndida como Rosseta. Y nada menos, alguien que hubo estudiado el instrumento como una carrera profesional; precisamente en el Conservatoire de Gennevilliers en París. Ustedes ya lo habrán podido intuir, ella había llegado a la ciudad no por casualidad, sino como parte de un bien pensado plan: terminar de grabar el disco de tangos más melancólico que existe. Y la orquesta en particular, que la reclutó a su paso por París, durante su gira por Europa, era una de ésas orquestas que solían tocar los viernes y sábados en el Gran Teatro del Tango sobre la Avenida 9 de Julio, conciertos para los cuales había de invertir una pequeña fortuna y reservar los tickets con demasiada antelación.

¿Cómo conoció Rosseta al tipo en cuestión? Pues yo no me habría de enterar, sino hasta mucho más tarde, cuando ella comenzó a hablar de Fulano ésto, Fulano lo otro y de lo maravilloso que era. La historia me la contaba ella entre risas, poco a poco en aquellas largas charlas que solíamos entrablar en la terraza del hotel de Microcentro donde ella vivía, justo donde nace la avenida Rivadavia, donde sus padres habían considerado, era más seguro comparado con un propio departamento. Aquella terraza sólo estaba abierta para los huéspedes del hotel y tenía una de las mejores cartas de vino que se puedan encontrar en Buenos Aires, además de una vista espectacular sobre la ciudad que se extiende hasta el río de La Plata.

Yo habría de conocer a Fulano de tal, en la cena que dió la asociación gastronómica francesca en la Argentina, en aquel hotel que ahora ya no existe, pero donde hace poco estuvo ubicado en el palacio Mihanovichen sobre la calle Arroyo. Éste era un tipo de una estatura admirable y músculos bien trabajados, un “ropero”, como dirían en Buenos Aires, uno de peinadito oscuro a la gomina y zapatos baratos de tanguero, ésos que venden en el Once de Plaza Miserere. No me era claro, qué era lo que Rosseta había encontrado en aquel tipo, que solía escupir al hablar y no paraba de hablar de sí mismo.

Pero había que observar la forma cómo Rosseta lo miraba, casi conteniendo la respiración. A partir de entonces supe muy poco de ella, nuestras charlas amainaron tanto hasta desaparecer, no sólo por su parte, sino también por la mía, que tuve que ocuparme en proyectos personales que había descuidado y que requerían urgente de mí.

Yo diría que hubieron pasado un par de meses, quizás cinco o seis, hasta que una tarde me llamaron desde el departamento de urgencias de una clínica privada ubicada en Palermo. No tardé en percatarme que Rosseta había dado mi número como persona de contacto y me hice camino de inmediato rumbo al hospital. Al ingresar a la guardia, la médica a cargo me informó que Rosseta había sufrido un accidente; se había caído en la bañera del hotel, que por suerte, aparte de un par de contusiones, estaba fuera de peligro. Lo que sí, añadió la médica, los resultados de laboratorio habrían arrojado, en pleno día, entre otras cosas, 2 gramos de alcohol por litro en su torrente sanguíneo.

Cuando me permitieron verla, me costó reconocerla; su cuerpo le bailaba en aquella bata de hospital, tenía el cabello sucio y descuidado, nada que ver con aquella melena rubia de rulos bien hechos. Fue cuando me saludó, que yo me horroricé..., en su otrora blanquísima sonrisa, entre sus labios ahora, asimétricos e hinchados, le faltaba un diente, uno de los de adelante.

 

Continuará