Érase una
vez
Podía haber sido un día cualquiera, quizás
primavera, quizás otono; el clima de la habitación era agradable, uno de ésos
días que permiten vestir sólo una camisa de mangas largas sin sentirse por ello
sofocada pero tampoco sentir frío.
Yo estaba de pie en medio de una habitación de
puertas abiertas que daba a un pasillo bien frecuentado, parecía ser una oficina,
una de ésas que tienen ventanales amplios, que ése día tenía sus persianas
bajas. Desde donde yo me encontraba si bien escuchaba el bullicio en las
habitaciones de al lado, no podía decir exactamente de lo que se estaba
hablando.
Yo estaba revisando, al parecer, unos
documentos, de pie al lado de un escritorio, cuando escuché unos pasos que se
acercaban a la habitación y al levantar mi cabeza, pude ver a un hombre de
hombros anchos, mucho más grande que yo, que me pareció immensamente familiar. Él,
al verme de inmediato se sonrió. No cruzamos palabra alguna, sino que éste se
aproximó y me tomó en sus brazos suavemente, con una familiaridad tal que pude
sentir al instante un sentimiento de unión muy profundo. Ése hombre me abrazó y
me meció suavito de un lado al otro, más no dijo una palabra.
Otros pasos resonaron en el pasillo, haciendo
que aquel hombre me soltara de inmediato, dirigiéndose a un lavabo que había en
un costado de la habitación. Dejó correr el agua y comenzó a lavarse las manos.
De repente se dió vuelta, dirigiendo sus manos mojadas en direción a mi cara, yo
me reí y aquel hombre también rió y pequenísimas gotas de agua tibia cayeron en
mi cara...