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domingo, 24 de mayo de 2026

Érase una vez


Podía haber sido un día cualquiera, quizás primavera, quizás otono; el clima de la habitación era agradable, uno de ésos días que permiten vestir sólo una camisa de mangas largas sin sentirse por ello sofocada pero tampoco sentir frío.

Yo estaba de pie en medio de una habitación de puertas abiertas que daba a un pasillo bien frecuentado, parecía ser una oficina, una de ésas que tienen ventanales amplios, que ése día tenía sus persianas bajas. Desde donde yo me encontraba si bien escuchaba el bullicio en las habitaciones de al lado, no podía decir exactamente de lo que se estaba hablando.

Yo estaba revisando, al parecer, unos documentos, de pie al lado de un escritorio, cuando escuché unos pasos que se acercaban a la habitación y al levantar mi cabeza, pude ver a un hombre de hombros anchos, mucho más grande que yo, que me pareció immensamente familiar. Él, al verme de inmediato se sonrió. No cruzamos palabra alguna, sino que éste se aproximó y me tomó en sus brazos suavemente, con una familiaridad tal que pude sentir al instante un sentimiento de unión muy profundo. Ése hombre me abrazó y me meció suavito de un lado al otro, más no dijo una palabra.

Otros pasos resonaron en el pasillo, haciendo que aquel hombre me soltara de inmediato, dirigiéndose a un lavabo que había en un costado de la habitación. Dejó correr el agua y comenzó a lavarse las manos. De repente se dió vuelta, dirigiendo sus manos mojadas en direción a mi cara, yo me reí y aquel hombre también rió y pequenísimas gotas de agua tibia cayeron en mi cara...